Categoría: Microrrelatos

Francino recursivo

Espero el milagro sentado delante de mi ordenador. Jueves, 10 de la mañana. Documento en blanco, una vez más. Me aterra la idea de otra semana sin participar. Fracaso. Miro de soslayo la postal de Canarias que me envió mamá. Me viene una trama: multiplicación espontánea de peces en la playa. La intento desbrozar en mi cabeza. Qué va, me lío, no tiene recorrido. Pasa una mosca y me centro en la trayectoria de su vuelo. Traza el mismo camino todo el tiempo. Parece atrapada en un circuito infinito de Fórmula 1. Ahora sí, tecleo: “Espero el milagro sentado delante de mi ordenador…”

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Cuento arruinado

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Temblaba.

—¿Se puede saber qué hacen aquí los dos zapatos? —le gritó Charles agitando los papeles que sujetaba en la mano—. ¿No estaban claras las instrucciones acaso?

—Puedo volver y dejar uno en las escaleras si eso lo soluciona.

—¡No, no y no! ¿No ves que son ya más de las doce?

—Lo siento. De veras.

—Vaya peste a Jagermeister echas. Tu alcoholismo acaba de arruinar la infancia de millones de niños del futuro. Fuera, que pasen los siguientes.

Salió llorando de la sala mientras se cruzaba con una abuela, una niña vestida de rojo y un lobo amaestrado.

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Los Reyes son los abuelos

Había pedido a los Reyes que le devolvieran a su papá. En la carta que Juanito había escrito un par de semanas atrás lo había dejado bien claro. No deseaba nada más. Pero justo el día que pensaba entregar la carta a los pajes reales, Antoñito le reveló que los Reyes son los padres.
—Pues mi madre odiaba a mi padre, imposible que me lo traiga de vuelta —le respondió Juanito haciendo trizas la carta–. Y si no tienes padres, ¿quiénes son tus Reyes?
—No sé, supongo que los abuelos —dijo Antoñito con la boca llena de Tigretón.
—Excelente —respondió mientras pensaba en las escaleras de casa de su madre.

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Pescando en la memoria

Le confesé a mi padre lo que había hecho, justo después de apagar el motor del coche. Confundido, se miró la muñeca derecha y encontró su nombre y apellidos impresos en una pulsera blanca.
—Pero hijo, ¿dónde estamos ahora? —me preguntó inquieto.
—Papá, justo ahí me traías a pescar hace ya muchos años. —señalé al frente.
Algo cosquilleó su memoria. Sonrió y sin apartar la mirada del muelle me apretó la mano como nunca antes había hecho. Haberlo sacado a hurtadillas del hospital le pareció la mejor de mis travesuras.

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Colistas de la Vía Láctea

Sufriendo lo indecible por amor sobreviven –respondió Kodos a Bip cuando este le preguntó por el resultado de su investigación sobre la extraña especie, de cabeza pequeña, que poblaba la Tierra.

–Pobres –masculló el alienígena–, siguen en el nivel 3. No hay manera, están estancados. Volvamos dentro de unos milenios, quizá entonces hayan aprendido a amar –dijo mientras registraba en su cuaderno de auditor galáctico la peor nota de toda la Vía Láctea y mandaba reanudar la marcha de la nave rumbo a Venus.

–Si siguen aquí… –dudó Kodos.

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Knockin’ on heaven’s door

Sufriendo lo indecible por amor murió Dylan. Cuando llegó a las puertas del cielo, San Pedro se lo leyó en los ojos. Supo que en su vida había amado de verdad, y es por ello que lo envió al infierno.

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