Autor: jbarroso (página 1 de 2)

Abolladuras

Hacía un fuerte viento fuera, y la lluvia golpeaba con virulencia la ventana del salón. Mark no tenía frío, pero se echó una manta por los hombros como si estuviese al otro lado de la ventana. Cogió con las dos manos la taza de té al punto de abrasión. Disfrutó del pico de dolor. Sopló el té mientras fijaba la mirada en su coche verde aparcado en la acera, brillante por la lluvia. El arañazo en la puerta trasera del conductor que le hizo Susan le transportó a su viaje juntos por Tennessee, al poco de conocerse. Recordaba haberse reído los dos a carcajadas de su nula destreza al aparcar. Pensó que en cambio la pequeña abolladura que Susan le hizo la semana pasada le había dolido en el alma. Fue como un puñetazo directo a su propio abdomen. Como si ella ya hubiese perdido el derecho a estropear una parte de él.

Por un momento se evadió de tal manera que sintió que podría vivir en el pasado eternamente, donde los accidentes les producían risa. Pero el crujir de la escalera le tensó y le devolvió al presente. Miró el reflejo de Susan en la ventana mientras bajaba los escalones. No llevaba maleta. Creyó aliviarse y agobiarse al mismo tiempo, sin distinguir sensaciones. Esperó que hablase Susan, siempre empezaba ella. Pero esta vez no lo hizo. Mark trató de decir algo, pero no le respondían las cuerdas vocales. Por una vez echó de menos su voz.

Al poco escuchó la puerta de la entrada abrirse y cerrarse de nuevo lentamente. Tan lento que Mark interpretó que era una última oportunidad que Susan le ofrecía para arreglar la situación. Deteniendo el reloj para que él, lento, reaccionase al fin. Pero no lo hizo. En la partida de ajedrez que estaban jugando la ausencia de maleta jugaba para Mark un papel determinante. Pero, ¿y si Susan ya la había sacado por la puerta trasera?  ¿Y si ya estaba en casa de su madre? Mark subió torpe las escaleras, entró en la habitación y miró el lado del armario de Susan. Todo estaba en orden. Su ropa no parecía tener ningún problema con él. Movió unas cuantas perchas y al final de todas apareció el vestido de flores. ¿Por qué Susan hacía esas cosas? ¿Por qué guardar el vestido de su primera cita cuando es obvio que nunca más le cabría? ¿Por qué si lo único que demostraba por él desde hacía tiempo era desprecio?

Por un momento recordó lo que era sentirse querido. Como el día del vestido de flores. Bajó de nuevo al salón. El té estaba frío. Lo vació en el fregadero y dejó la taza escurriendo al lado de la taza de Susan. Cada una tenía grabada una ficha de puzzle que supuestamente encajaban. ¿Alguna vez encajaron las piezas, o se deformaron para que encajasen?

Ya estaba anocheciendo. Joder, no vuelve, pensó. Odiaba no tener el control. Y en aquel momento tenía todo menos el control de la situación. Tampoco sabría qué hacer si en ese mismo momento Susan volviese. Si las cuerdas vocales le responderían. Pero necesitaba tenerla cerca, aunque doliese.

Se tumbó en el sofá, con la cabeza en el lado de Susan. Olía a ella, a la Susan del principio. Se relajó por primera vez en semanas. Sonó el móvil. Susan. Cerró los ojos, suspiró y apretó el botón verde. Oyó su voz durante unos segundos. Él no habló, solo emitió algún sonido de confirmación. Apretó el botón rojo y se quedó mirando a la ventana.

Jaque mate.

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Francino recursivo

Espero el milagro sentado delante de mi ordenador. Jueves, 10 de la mañana. Documento en blanco, una vez más. Me aterra la idea de otra semana sin participar. Fracaso. Miro de soslayo la postal de Canarias que me envió mamá. Me viene una trama: multiplicación espontánea de peces en la playa. La intento desbrozar en mi cabeza. Qué va, me lío, no tiene recorrido. Pasa una mosca y me centro en la trayectoria de su vuelo. Traza el mismo camino todo el tiempo. Parece atrapada en un circuito infinito de Fórmula 1. Ahora sí, tecleo: “Espero el milagro sentado delante de mi ordenador…”

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Domingo de confinamiento

Hoy es domingo, o eso creo. Pongo la radio y suena la voz de Angels Barceló, debe ser lunes entonces. Y son casi las 10. Madre mía, no sé los años que hacía que no me levantaba más de 2 días seguidos a estas horas. Supongo que en mi adolescencia, cuando dormir podía llegar a ser algo infinito. A todo esto, tengo la rodilla de una de mis hijas clavada en la espalda, y me hace recordar lo permisivo que estoy siendo estos días con ellas dejándolas dormir en mi cama. Pienso que lo que menos necesitan ahora es un padre idiota con todo lo que llevan encima, así que trato de serlo lo menos posible. Tregua.

Abro el WhatsApp todavía desde la cama y ya lo tengo lleno de mensajes con deberes para mi hija pequeña. Me vuelvo a preguntar si con 5 años yo hacía tantas cosas en el cole. Mi recuerdo es una nebulosa en la cual imagino que estaba todo el día jugando. Me levanto a preparar los desayunos. Hace ya días que opté por escuchar las noticias 10-15 minutos mientras unto tostadas y desconectar el resto del día. Ya no me hace sentir mal obviar lo que está pasando fuera. Ahora más que nunca mi mundo está limitado a dentro de las paredes de mi casa.

Divido por 8 el número de rebanadas de pan de molde que me quedan (las niñas engullen) y me doy cuenta que me voy a quedar sin existencias dos días antes de mi próxima excursión al súper. No entiendo por qué no soy capaz de hacer listas de la compra ni en situaciones extremas. La tercera vez que oigo curva de contagio quito la radio y conecto el Spotify. Pongo la lista de mis clásicos, no me apetecen nuevas aventuras musicales, solo melodías que me mantengan aferrado a algo seguro.

Supero mi sentimiento de culpabilidad por dejar media mañana a las niñas viendo dibujos para que me dejen trabajar. Me convenzo a mí mismo de que son tan listas que no necesitan tantos deberes para labrarse un futuro prometedor. Además, eso de labrarse un futuro suena a cosa que diría mi padre. Desconecto de ese pensamiento y me conecto a mi entorno de trabajo. Sonrío al ver que mis compañeros de Estados Unidos han estado bromeando sobre la falta de papel higiénico en los supermercados. Qué tiernos, todavía están en esa fase.

Los proyectos laborales en los que ando inmerso nunca han tenido el objetivo de salvar al mundo, pero su relevancia ha caído en picado en estos tiempos. Salvo para mí. Los necesito por mi salud mental y por mi bolsillo. Miro de soslayo la bici estática que me llegó hace una semana. La esperé durante días con un ansia que no he sabido mantener con el paso de los días.

Después de comer consigo sacar un rato para mí. De las diez cosas que empiezo no me centro en ninguna y decido rendirme a la media hora con la ansiedad por las nubes.

Mis vecinos son un coñazo. Echo de menos al de abajo, que es amigo, y que estuvo avispado marchándose a Castellón a casa de su novia viendo la que se venía. Los aplausos duran apenas dos minutos en mi calle. Como la calle es peatonal y estrecha, creo que la gente se siente intimidada de tener cerca al de enfrente. Nos vemos las canas y las arrugas. Salvo las dos viejitas de enfrente que creo que les hace más ilusión ver las caras de los vecinos que los aplausos en sí.

Me meto en la cama más tarde de lo normal cansado de todo y de nada. Un día menos. Al fin ya terminó el lunes. ¿O era martes hoy?

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Una vez me perdí

Una vez me perdí. Ocurrió unos días después de sentir por primera vez en mi vida que tenía todo bajo control, que sabría cómo manejarla, justo lo contrario de lo que mi padre me repetía entre humillaciones y vejaciones una y otra vez. Que no tenía ni idea y que ya aprendería a ostias, solía gritarme. Desde que mi madre se había fugado de casa, mi padre volcaba toda su mierda en mí.

El día en cuestión había salido del instituto con un saco de suspensos, los primeros de mi vida. Llegué a casa decidida a no afrontar la respuesta de mi padre a mi fracaso. Con la razón, se volvía una persona mucho más agresiva. Subí a mi habitación después de mentirle. Las dan mañana, le dije. Por suerte estaba entretenido viendo a Induráin subir el Alpe d’Huez en la tele y ni se inmutó. Me quedé bloqueada en mi habitación, sin saber qué hacer. Y de repente la idea llegó. Entró por la ventana mientras yo tumbada en mi cama escuchaba música con los auriculares, revoloteó torpemente, dio dos vueltas en círculo y volvió a salir. Entonces me di cuenta de que no tenía otra opción que salir volando por la ventana de la casa de mi padre.

Pulsé el botón de stop de mi walkman Aiwa. Me saqué los auriculares. Descolgué el teléfono y comprobé que la línea estaba libre. Llamé a Lucía. Le conté mi plan. Le advertí que no había tiempo. Que debía ser esa misma tarde. Hice un macuto rápidamente y salí por la misma ventana por la que había entrado mi sueño, no sin antes lanzar un beso al poster de Bowie.

Había quedado con Lucía en la esquina de Correos. Me encendí un Ducados rubio por inercia. Lo consumí sin que Lucía apareciese. Miré el reloj. Espero cinco minutos más y después me voy, me dije, y después esperé otros cinco más, y otros cinco y así hasta una hora. Y luego otra. No podía volver a casa para llamar a Lucía y ver qué pasaba. Demasiado riesgo. Y tampoco podía arriesgarme a que me viesen sus padres merodeando por su casa. Así que volví a mirar el reloj y decidí salir corriendo hacia la estación de autobuses.

Pagué el billete al chófer hasta el final del trayecto y me senté en la última fila. Me quedé mirando por la ventanilla esperando que apareciese Lucía a última hora. Pero el autobús arrancó sin ella. Saqué mi walkman, me coloqué los auriculares y le di al play. Ahí seguía mi querido David desgañitándose, tal y como lo había dejado, ajeno al vuelco que había dado mi vida en esas horas. 

Había decidido bajarme en la última ciudad del recorrido del autobús, meterme en algún hostal, y empezar una vida nueva. De película. Tenía dinero para un par de semanas. Suficiente para empezar a triunfar. No contaba con tener que hacerlo sola, pero no me quedaba otra. ¿Qué le habría pasado a Lucía? Si la habían pillado podría estar muerta ahora mismo, literalmente. Pero si no, me lo tomaría como una gran traición. Pensé que asumiría mejor su muerte que su traición. 

Finalmente me bajé dos ciudades antes de las previstas. Me dio un poco de miedo alejarme tanto de casa y me bajé por intuición. Supongo que una especie de síndrome de Estocolmo. Le pedí al conductor que me devolviese el dinero del trayecto que quedaba y le dio un ataque de risa. Bajé. Inspiré mirando a la estación, un calco de cualquier otra y empecé mi plan no planificado.

Tres semanas después de bajar del autobús Induráin ganaba su quinto Tour, el calor del verano apretaba, y yo constataba que no había madurado la idea suficientemente y trataba de sobrevivir prostituyéndome en un burdel.

Mejor empiece por el dedo gordo, es la parte del cuerpo donde tengo mayor sensibilidad – me dijo. Nunca pensé que un putero me fuese a llamar de usted, sobre todo teniendo en cuenta que podría ser mi abuelo. Ni que chupar dedos gordos de tipos asquerosos formase parte del plan que un día entró por la ventana sin avisar. Por suerte estaba suficientemente drogada a todas horas para no ser consciente del fracaso de mi sueño.

Una mujer apareció un día por el local. Con su enorme escote parecía estar de vuelta de todo. Creo que ya había chupado unos cuantos dedos gordos. De algún modo, supongo que por mi juventud, le llamé la atención. Se acercó a mí en cuanto me vio y sin decir nada me puso las manos en las mejillas. Rompí a llorar por primera vez en meses. Me preguntó qué hacía allí, si no tenía a nadie que me pudiese echar un cable. Es usted con la única que hablo, le dije. Me respondió que quizás tenía algo para mí. Lo pensó unos segundos y prometió que pronto me sacaría de allí. Se fue, y por un momento dudé si no había sido el chute de heroína el que realmente me había prometido sacarme de allí.

Durante semanas esperé, sin suerte, que la mujer volviera. En ese tiempo maduré la idea de no volver a chupar dedos gordos de puteros asquerosos. Un día, decidí que volvería a casa de mi padre. No entraría volando por la ventana como una mariposa, si no arrastrándome por el suelo como una cucaracha, pero siempre sería mejor que seguir allí.

Me tumbé en el colchón y me coloqué los auriculares. Esa noche no consumí por primera vez en meses, solo dejé a David acompañarme esa última noche en el burdel. La lucidez que recuperé me permitió empezar a odiarme a mí misma por no ser capaz de apañármelas sin el cabrón de mi padre. Me quedé dormida de agotamiento.

De madrugada entró en mi habitación la mujer de enorme escote. Se acercó y me puso las dos manos en las mejillas. Me desperté.

—Ya nos vamos cariño— me susurró.

—¿Mamá?

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Mesilla de día

Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Se tensó. Llevaba más de una hora repasando el impoluto suelo del salón solo por no oír el silencio. Apagó el aparato con el pie derecho y se agachó para dejar el brazo en el suelo. Sus movimientos eran muy cuidadosos. Desenchufó la aspiradora y se quedó mirando cómo engullía el cable, imaginando un águila que devora una serpiente. El teléfono había dejado de sonar hacía un rato, pero no necesitaba cogerlo, él sabía quién había llamado y por qué.

Subió las escaleras que emergían del fondo del salón. Cruzó el pasillo y entró en la habitación de la pequeña. Se quedó mirando la cuna y las sábanas que la cubrían. Estaba todo tal cual lo había dejado Sofía. Incluida la foto de la mesilla. Echó una mirada de soslayo al póster de Nosferatu solo para asegurarse de que seguía allí. Miró el reloj de su mano izquierda y se dirigió al cuarto de las escobas que estaba al otro lado del pasillo. Abrió la puerta y tiró del cordel que encendía una bombilla que emitió una tímida luz amarillenta. Apartó de una leve patada la cabeza que le molestaba para coger la escalera. La llevó al fondo y la abrió. La fijó bien al suelo y le dio un par de golpes para probarla. Se subió hasta el último escalón. Se puso de puntillas y alcanzó a abrir una trampilla. Metió la mano y notó un pequeño charco que le manchó. Se maldijo por no haberse acordado. Se limpió la mano en el pantalón y pensó que ya se preocuparía de esa mancha una vez pasase todo. Volvió a meter la mano y empezó a palpar hasta que encontró aquello que buscaba. Lo sacó con cuidado y se bajó de la escalera. Salió del cuarto y con la luz del día se cercioró de que estaba en perfecto estado.

Volvió a la planta inferior y pensó que era mejor no sentarse en el sofá. Prefirió esperar de pie. Se entretuvo mirando a través de la ventana los pequeños montículos que le habían quedado en el jardín. Es imposible volver a dejarlo liso del todo, pensó. Al momento oyó su coche entrar al garaje. Era el momento. Suspiró y se acercó a la puerta de la casa poniéndose a un lado. Calculó. Una vez oyó la puerta del garaje cerrarse, empezó a contar los pasos y segundos después la foto de la mesilla de la pequeña dejó de tener sentido.

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Arco

Nicolás suele llorar con los primeros acordes de Fly me to the moon. Vive sólo en un sótano alejado del centro, de dos habitaciones. En una de ellas duerme él, en la otra descansa su violonchello, que lleva años desafinado. Al lado del chelo hay una caja llena de vinilos con su foto y un Grammy cubierto de polvo. Tiene colgado un póster de The Police que le lleva a su adolescencia y otro del centenario de Pau Casals hecho un tubo en una esquina. Nicolás no entra nunca en la habitación del chelo, salvo si antes de salir de casa se da cuenta de que no le quedan calzoncillos limpios y entra a ver si hay alguno viejo por ahí tirado. O por la cocina.

Nicolás recorre con su bicicleta los poco más de 7 kilómetros que separan su sótano de la hamburguesería Tony’s en la que pasa alrededor de 9 horas diarias desde hace algo más de 3 años. No le disgusta su trabajo. Con un poco de suerte no se cruza con nadie de camino al habitáculo donde aplasta hamburguesas y no tiene que abrir la boca en todo el día. Si se ve obligado a hacerlo, escupe algún sonido sin apenas levantar la mirada. Las últimas horas de la jornada la cansina repetición del mismo movimiento robótico le termina recordando el muñón del dedo corazón de la mano izquierda. Por si en algún momento se le ocurre olvidarlo. Y al salir de su habitáculo ni tan siquiera escupe.

Nicolás no sabe cómo reaccionar cuando un día le gritan desde la barra del Tony’s que una tal Érica está fuera preguntando por él. Golpea un bote de kétchup y se queda varios segundos con las manos apoyadas en la mesa mirando la hamburguesa que tiene a medio hacer. Recuerda la última vez que había visto a Érica y cómo pudo llegar a odiarla tanto después de haber estado tan enganchado su sexo. Ve como si estuviese ahí mismo y en ese momento su figura tirada en su cama, en el estudio que compartían en la Gran Vía, medio desnuda, obligándole a pedir perdón de rodillas sin saber por qué. Suspira fuerte y habla por primera vez en tres días: dile que ya salgo.

Cuando sale, ella ya no está, pero sobre la barra ha dejado un arco de chelo. Su arco. El arco que dejó intencionadamente en casa de Érica la última vez que la había visto algo más de 3 años atrás. No os quiero volver a ver ni al arco ni a ti nunca más, había escrito en una nota justo antes de salir por la puerta. Lo coge con cuidado y lo mira por un lado y por el otro. Como si no lo conociese al milímetro. Como si no hubiesen sido uno algún día. Quizás lo observa para ver si ha cambiado algo en él. Aunque en realidad está pensando en cómo ese arco le une sin remedio a su historia con Érica. Su histérica historia.

Aunque aún le quedan 4 horas para terminar su turno, mete el arco en su mochila y sale por la puerta del Tony’s. Arco o hamburguesas. Recorre de vuelta al sótano más de 18 kilómetros. Pedalea y se recrea en el éxito que una vez disfrutó gracias a la música. Aquel discurso delante de mil trajes y un amargo agradecimiento. Una vez llega a su sótano, saca el arco y deja la mochila en la entrada. Se tira en la cama que está unos pasos más allá.

Recibe un mensaje en el móvil. Érica. ¿Te has pensado volver? No sabe muy bien si se refiere a ella, a la música o a ambas, pero apaga el móvil y lo lanza hacia el sofá. Se queda mirando al techo mientras acaricia el arco. Comienza a imitar los movimientos de la sinfonía que compuso el día que perdió el dedo corazón de la mano izquierda. No recuerda con nitidez el motivo de la pelea. Quizás los celos hacia los hombres con los que en ocasiones tenía que desayunar en su estudio. O el desprecio continuo de Érica. O todo. Pero sí recuerda golpear el cristal de la puerta de la cocina y la sangre cayendo por su mano. Y el camino al hospital. Y como al despertar le vino una sucesión de notas, como en un sueño. Una melodía rota. Mágica. Nunca había compuesto nada semejante. Arco o hamburguesas.

Sin pretenderlo se había quedado dormido. Mira el despertador. Faltan 30 minutos para que suene. Tiene algo de frío. Se levanta, se dirige a la cocina y coge unos calzoncillos del suelo. Veinte minutos después sale de casa montado en su bici. A medio camino ve un contenedor verde. Se para. Nunca se ha planteado a qué contenedor va un arco de violonchelo, pero lo saca de la mochila y lo tira. Antes de reanudar su camino se mira el muñón sabiendo que en un rato empezará a dolerle, como cada día.

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Par

Suena el despertador, abro los ojos despistado y al instante mi pensamiento traspasa la pared y se cuela en la pequeña habitación contigua. De la misma manera que todas las mañanas de los últimos 16 meses y 21 días. Entonces suspiro aliviado al recordar que la noche anterior la dejé llena de vida. Estamos en semana par.

Un rato después salgo de casa asiendo dos pequeñas manos, una a cada lado. Una un poquito más pequeña que la otra. En apenas unos metros pasamos delante de un colegio que no es el nuestro, pero que tiene la misma energía. Ójala mantuviésemos ese entusiasmo con el paso de los años, pienso.

Ha llovido, y la calle peatonal que nos guía hacia la parada de autobús parece un espejo. Veo el autobús 94 a lo lejos cruzando el Pont de Fusta, así que tiro de las dos manitas y las llevo casi al vuelo para no perderlo. Las niñas no entienden de prisas. Ójala no tuviésemos que entenderlas nunca, pienso.

Hoy no nos toca sonrisa del conductor al subir al 94. Mala suerte. Pero nos centramos en el siguiente hito, que es conseguir una silla verde. De las que tienen dibujitos en el respaldo. Y luego en ver la mano rosa de la tienda de dormitorios para niños unas paradas más allá. Y luego en no perdernos el parque de la Glorieta. Los conseguimos todos. Somos así. Ójala no perdiésemos nunca la ilusión por ese tipo de cosas, pienso.

Al bajar del autobús, como vamos bien de tiempo, podemos elegir si cruzamos por el Pont de les Flors o por abajo. Hoy toca puente. La pequeña va recogiendo las flores que han caído al suelo. Y me las regala junto a su dulce sonrisa. Algunas están pisadas, sucias, maltratadas por la intemperie, pero para nosotros son las más hermosas que han existido jamás. Me las guardo en el mismo bolsillo donde ayer guardé otras.

Y al fin llegamos al cole. Y ya quieren soltar mi mano para salir corriendo a reunirse con sus pequeños amigos. Las dejo ir y las observo durante un rato. Lanzo las flores al aire y las veo seguir el flujo del viento. Y me voy caminando pesadamente con las manos en los bolsillos, pensando que ójala no existiesen las semanas impares.

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Infidelidad musical

Los zapatos vacíos, la gente que habla sola, y que descubriesen su secreto eran las tres cosas que daban pánico a Toni, un joven con aspecto de cantante de Iron Maiden. Al salir disparado de su coche tras un accidente, quedó tirado a unos metros con las piernas destrozadas. Carlos, el primer bombero que llegó, lo encontró arrastrándose hacia el coche, a punto de entrar en coma.
— Te lo suplico, apaga la radio y no digas nada.
Carlos le hizo caso. Justo antes de apagar la radio pudo escuchar a Chayanne cantando «Torero». Toni sabía que su gente no entendería tal infidelidad musical.

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Cuento arruinado

Le obligaron a sentarse en el sofá, junto a sus zapatos. Temblaba.

—¿Se puede saber qué hacen aquí los dos zapatos? —le gritó Charles agitando los papeles que sujetaba en la mano—. ¿No estaban claras las instrucciones acaso?

—Puedo volver y dejar uno en las escaleras si eso lo soluciona.

—¡No, no y no! ¿No ves que son ya más de las doce?

—Lo siento. De veras.

—Vaya peste a Jagermeister echas. Tu alcoholismo acaba de arruinar la infancia de millones de niños del futuro. Fuera, que pasen los siguientes.

Salió llorando de la sala mientras se cruzaba con una abuela, una niña vestida de rojo y un lobo amaestrado.

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Los Reyes son los abuelos

Había pedido a los Reyes que le devolvieran a su papá. En la carta que Juanito había escrito un par de semanas atrás lo había dejado bien claro. No deseaba nada más. Pero justo el día que pensaba entregar la carta a los pajes reales, Antoñito le reveló que los Reyes son los padres.
—Pues mi madre odiaba a mi padre, imposible que me lo traiga de vuelta —le respondió Juanito haciendo trizas la carta–. Y si no tienes padres, ¿quiénes son tus Reyes?
—No sé, supongo que los abuelos —dijo Antoñito con la boca llena de Tigretón.
—Excelente —respondió mientras pensaba en las escaleras de casa de su madre.

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