Hacía un fuerte viento fuera, y la lluvia golpeaba con virulencia la ventana del salón. Mark no tenía frío, pero se echó una manta por los hombros como si estuviese al otro lado de la ventana. Cogió con las dos manos la taza de té al punto de abrasión. Disfrutó del pico de dolor. Sopló el té mientras fijaba la mirada en su coche verde aparcado en la acera, brillante por la lluvia. El arañazo en la puerta trasera del conductor que le hizo Susan le transportó a su viaje juntos por Tennessee, al poco de conocerse. Recordaba haberse reído los dos a carcajadas de su nula destreza al aparcar. Pensó que en cambio la pequeña abolladura que Susan le hizo la semana pasada le había dolido en el alma. Fue como un puñetazo directo a su propio abdomen. Como si ella ya hubiese perdido el derecho a estropear una parte de él.

Por un momento se evadió de tal manera que sintió que podría vivir en el pasado eternamente, donde los accidentes les producían risa. Pero el crujir de la escalera le tensó y le devolvió al presente. Miró el reflejo de Susan en la ventana mientras bajaba los escalones. No llevaba maleta. Creyó aliviarse y agobiarse al mismo tiempo, sin distinguir sensaciones. Esperó que hablase Susan, siempre empezaba ella. Pero esta vez no lo hizo. Mark trató de decir algo, pero no le respondían las cuerdas vocales. Por una vez echó de menos su voz.

Al poco escuchó la puerta de la entrada abrirse y cerrarse de nuevo lentamente. Tan lento que Mark interpretó que era una última oportunidad que Susan le ofrecía para arreglar la situación. Deteniendo el reloj para que él, lento, reaccionase al fin. Pero no lo hizo. En la partida de ajedrez que estaban jugando la ausencia de maleta jugaba para Mark un papel determinante. Pero, ¿y si Susan ya la había sacado por la puerta trasera?  ¿Y si ya estaba en casa de su madre? Mark subió torpe las escaleras, entró en la habitación y miró el lado del armario de Susan. Todo estaba en orden. Su ropa no parecía tener ningún problema con él. Movió unas cuantas perchas y al final de todas apareció el vestido de flores. ¿Por qué Susan hacía esas cosas? ¿Por qué guardar el vestido de su primera cita cuando es obvio que nunca más le cabría? ¿Por qué si lo único que demostraba por él desde hacía tiempo era desprecio?

Por un momento recordó lo que era sentirse querido. Como el día del vestido de flores. Bajó de nuevo al salón. El té estaba frío. Lo vació en el fregadero y dejó la taza escurriendo al lado de la taza de Susan. Cada una tenía grabada una ficha de puzzle que supuestamente encajaban. ¿Alguna vez encajaron las piezas, o se deformaron para que encajasen?

Ya estaba anocheciendo. Joder, no vuelve, pensó. Odiaba no tener el control. Y en aquel momento tenía todo menos el control de la situación. Tampoco sabría qué hacer si en ese mismo momento Susan volviese. Si las cuerdas vocales le responderían. Pero necesitaba tenerla cerca, aunque doliese.

Se tumbó en el sofá, con la cabeza en el lado de Susan. Olía a ella, a la Susan del principio. Se relajó por primera vez en semanas. Sonó el móvil. Susan. Cerró los ojos, suspiró y apretó el botón verde. Oyó su voz durante unos segundos. Él no habló, solo emitió algún sonido de confirmación. Apretó el botón rojo y se quedó mirando a la ventana.

Jaque mate.

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