Hoy es domingo, o eso creo. Pongo la radio y suena la voz de Angels Barceló, debe ser lunes entonces. Y son casi las 10. Madre mía, no sé los años que hacía que no me levantaba más de 2 días seguidos a estas horas. Supongo que en mi adolescencia, cuando dormir podía llegar a ser algo infinito. A todo esto, tengo la rodilla de una de mis hijas clavada en la espalda, y me hace recordar lo permisivo que estoy siendo estos días con ellas dejándolas dormir en mi cama. Pienso que lo que menos necesitan ahora es un padre idiota con todo lo que llevan encima, así que trato de serlo lo menos posible. Tregua.

Abro el WhatsApp todavía desde la cama y ya lo tengo lleno de mensajes con deberes para mi hija pequeña. Me vuelvo a preguntar si con 5 años yo hacía tantas cosas en el cole. Mi recuerdo es una nebulosa en la cual imagino que estaba todo el día jugando. Me levanto a preparar los desayunos. Hace ya días que opté por escuchar las noticias 10-15 minutos mientras unto tostadas y desconectar el resto del día. Ya no me hace sentir mal obviar lo que está pasando fuera. Ahora más que nunca mi mundo está limitado a dentro de las paredes de mi casa.

Divido por 8 el número de rebanadas de pan de molde que me quedan (las niñas engullen) y me doy cuenta que me voy a quedar sin existencias dos días antes de mi próxima excursión al súper. No entiendo por qué no soy capaz de hacer listas de la compra ni en situaciones extremas. La tercera vez que oigo curva de contagio quito la radio y conecto el Spotify. Pongo la lista de mis clásicos, no me apetecen nuevas aventuras musicales, solo melodías que me mantengan aferrado a algo seguro.

Supero mi sentimiento de culpabilidad por dejar media mañana a las niñas viendo dibujos para que me dejen trabajar. Me convenzo a mí mismo de que son tan listas que no necesitan tantos deberes para labrarse un futuro prometedor. Además, eso de labrarse un futuro suena a cosa que diría mi padre. Desconecto de ese pensamiento y me conecto a mi entorno de trabajo. Sonrío al ver que mis compañeros de Estados Unidos han estado bromeando sobre la falta de papel higiénico en los supermercados. Qué tiernos, todavía están en esa fase.

Los proyectos laborales en los que ando inmerso nunca han tenido el objetivo de salvar al mundo, pero su relevancia ha caído en picado en estos tiempos. Salvo para mí. Los necesito por mi salud mental y por mi bolsillo. Miro de soslayo la bici estática que me llegó hace una semana. La esperé durante días con un ansia que no he sabido mantener con el paso de los días.

Después de comer consigo sacar un rato para mí. De las diez cosas que empiezo no me centro en ninguna y decido rendirme a la media hora con la ansiedad por las nubes.

Mis vecinos son un coñazo. Echo de menos al de abajo, que es amigo, y que estuvo avispado marchándose a Castellón a casa de su novia viendo la que se venía. Los aplausos duran apenas dos minutos en mi calle. Como la calle es peatonal y estrecha, creo que la gente se siente intimidada de tener cerca al de enfrente. Nos vemos las canas y las arrugas. Salvo las dos viejitas de enfrente que creo que les hace más ilusión ver las caras de los vecinos que los aplausos en sí.

Me meto en la cama más tarde de lo normal cansado de todo y de nada. Un día menos. Al fin ya terminó el lunes. ¿O era martes hoy?

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