Una vez me perdí. Ocurrió unos días después de sentir por primera vez en mi vida que tenía todo bajo control, que sabría cómo manejarla, justo lo contrario de lo que mi padre me repetía entre humillaciones y vejaciones una y otra vez. Que no tenía ni idea y que ya aprendería a ostias, solía gritarme. Desde que mi madre se había fugado de casa, mi padre volcaba toda su mierda en mí.

El día en cuestión había salido del instituto con un saco de suspensos, los primeros de mi vida. Llegué a casa decidida a no afrontar la respuesta de mi padre a mi fracaso. Con la razón, se volvía una persona mucho más agresiva. Subí a mi habitación después de mentirle. Las dan mañana, le dije. Por suerte estaba entretenido viendo a Induráin subir el Alpe d’Huez en la tele y ni se inmutó. Me quedé bloqueada en mi habitación, sin saber qué hacer. Y de repente la idea llegó. Entró por la ventana mientras yo tumbada en mi cama escuchaba música con los auriculares, revoloteó torpemente, dio dos vueltas en círculo y volvió a salir. Entonces me di cuenta de que no tenía otra opción que salir volando por la ventana de la casa de mi padre.

Pulsé el botón de stop de mi walkman Aiwa. Me saqué los auriculares. Descolgué el teléfono y comprobé que la línea estaba libre. Llamé a Lucía. Le conté mi plan. Le advertí que no había tiempo. Que debía ser esa misma tarde. Hice un macuto rápidamente y salí por la misma ventana por la que había entrado mi sueño, no sin antes lanzar un beso al poster de Bowie.

Había quedado con Lucía en la esquina de Correos. Me encendí un Ducados rubio por inercia. Lo consumí sin que Lucía apareciese. Miré el reloj. Espero cinco minutos más y después me voy, me dije, y después esperé otros cinco más, y otros cinco y así hasta una hora. Y luego otra. No podía volver a casa para llamar a Lucía y ver qué pasaba. Demasiado riesgo. Y tampoco podía arriesgarme a que me viesen sus padres merodeando por su casa. Así que volví a mirar el reloj y decidí salir corriendo hacia la estación de autobuses.

Pagué el billete al chófer hasta el final del trayecto y me senté en la última fila. Me quedé mirando por la ventanilla esperando que apareciese Lucía a última hora. Pero el autobús arrancó sin ella. Saqué mi walkman, me coloqué los auriculares y le di al play. Ahí seguía mi querido David desgañitándose, tal y como lo había dejado, ajeno al vuelco que había dado mi vida en esas horas. 

Había decidido bajarme en la última ciudad del recorrido del autobús, meterme en algún hostal, y empezar una vida nueva. De película. Tenía dinero para un par de semanas. Suficiente para empezar a triunfar. No contaba con tener que hacerlo sola, pero no me quedaba otra. ¿Qué le habría pasado a Lucía? Si la habían pillado podría estar muerta ahora mismo, literalmente. Pero si no, me lo tomaría como una gran traición. Pensé que asumiría mejor su muerte que su traición. 

Finalmente me bajé dos ciudades antes de las previstas. Me dio un poco de miedo alejarme tanto de casa y me bajé por intuición. Supongo que una especie de síndrome de Estocolmo. Le pedí al conductor que me devolviese el dinero del trayecto que quedaba y le dio un ataque de risa. Bajé. Inspiré mirando a la estación, un calco de cualquier otra y empecé mi plan no planificado.

Tres semanas después de bajar del autobús Induráin ganaba su quinto Tour, el calor del verano apretaba, y yo constataba que no había madurado la idea suficientemente y trataba de sobrevivir prostituyéndome en un burdel.

Mejor empiece por el dedo gordo, es la parte del cuerpo donde tengo mayor sensibilidad – me dijo. Nunca pensé que un putero me fuese a llamar de usted, sobre todo teniendo en cuenta que podría ser mi abuelo. Ni que chupar dedos gordos de tipos asquerosos formase parte del plan que un día entró por la ventana sin avisar. Por suerte estaba suficientemente drogada a todas horas para no ser consciente del fracaso de mi sueño.

Una mujer apareció un día por el local. Con su enorme escote parecía estar de vuelta de todo. Creo que ya había chupado unos cuantos dedos gordos. De algún modo, supongo que por mi juventud, le llamé la atención. Se acercó a mí en cuanto me vio y sin decir nada me puso las manos en las mejillas. Rompí a llorar por primera vez en meses. Me preguntó qué hacía allí, si no tenía a nadie que me pudiese echar un cable. Es usted con la única que hablo, le dije. Me respondió que quizás tenía algo para mí. Lo pensó unos segundos y prometió que pronto me sacaría de allí. Se fue, y por un momento dudé si no había sido el chute de heroína el que realmente me había prometido sacarme de allí.

Durante semanas esperé, sin suerte, que la mujer volviera. En ese tiempo maduré la idea de no volver a chupar dedos gordos de puteros asquerosos. Un día, decidí que volvería a casa de mi padre. No entraría volando por la ventana como una mariposa, si no arrastrándome por el suelo como una cucaracha, pero siempre sería mejor que seguir allí.

Me tumbé en el colchón y me coloqué los auriculares. Esa noche no consumí por primera vez en meses, solo dejé a David acompañarme esa última noche en el burdel. La lucidez que recuperé me permitió empezar a odiarme a mí misma por no ser capaz de apañármelas sin el cabrón de mi padre. Me quedé dormida de agotamiento.

De madrugada entró en mi habitación la mujer de enorme escote. Se acercó y me puso las dos manos en las mejillas. Me desperté.

—Ya nos vamos cariño— me susurró.

—¿Mamá?

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