Arco

Nicolás suele llorar con los primeros acordes de Fly me to the moon. Vive sólo en un sótano alejado del centro, de dos habitaciones. En una de ellas duerme él, en la otra descansa su violonchello, que lleva años desafinado. Al lado del chelo hay una caja llena de vinilos con su foto y un Grammy cubierto de polvo. Tiene colgado un póster de The Police que le lleva a su adolescencia y otro del centenario de Pau Casals hecho un tubo en una esquina. Nicolás no entra nunca en la habitación del chelo, salvo si antes de salir de casa se da cuenta de que no le quedan calzoncillos limpios y entra a ver si hay alguno viejo por ahí tirado. O por la cocina.

Nicolás recorre con su bicicleta los poco más de 7 kilómetros que separan su sótano de la hamburguesería Tony’s en la que pasa alrededor de 9 horas diarias desde hace algo más de 3 años. No le disgusta su trabajo. Con un poco de suerte no se cruza con nadie de camino al habitáculo donde aplasta hamburguesas y no tiene que abrir la boca en todo el día. Si se ve obligado a hacerlo, escupe algún sonido sin apenas levantar la mirada. Las últimas horas de la jornada la cansina repetición del mismo movimiento robótico le termina recordando el muñón del dedo corazón de la mano izquierda. Por si en algún momento se le ocurre olvidarlo. Y al salir de su habitáculo ni tan siquiera escupe.

Nicolás no sabe cómo reaccionar cuando un día le gritan desde la barra del Tony’s que una tal Érica está fuera preguntando por él. Golpea un bote de kétchup y se queda varios segundos con las manos apoyadas en la mesa mirando la hamburguesa que tiene a medio hacer. Recuerda la última vez que había visto a Érica y cómo pudo llegar a odiarla tanto después de haber estado tan enganchado su sexo. Ve como si estuviese ahí mismo y en ese momento su figura tirada en su cama, en el estudio que compartían en la Gran Vía, medio desnuda, obligándole a pedir perdón de rodillas sin saber por qué. Suspira fuerte y habla por primera vez en tres días: dile que ya salgo.

Cuando sale, ella ya no está, pero sobre la barra ha dejado un arco de chelo. Su arco. El arco que dejó intencionadamente en casa de Érica la última vez que la había visto algo más de 3 años atrás. No os quiero volver a ver ni al arco ni a ti nunca más, había escrito en una nota justo antes de salir por la puerta. Lo coge con cuidado y lo mira por un lado y por el otro. Como si no lo conociese al milímetro. Como si no hubiesen sido uno algún día. Quizás lo observa para ver si ha cambiado algo en él. Aunque en realidad está pensando en cómo ese arco le une sin remedio a su historia con Érica. Su histérica historia.

Aunque aún le quedan 4 horas para terminar su turno, mete el arco en su mochila y sale por la puerta del Tony’s. Arco o hamburguesas. Recorre de vuelta al sótano más de 18 kilómetros. Pedalea y se recrea en el éxito que una vez disfrutó gracias a la música. Aquel discurso delante de mil trajes y un amargo agradecimiento. Una vez llega a su sótano, saca el arco y deja la mochila en la entrada. Se tira en la cama que está unos pasos más allá.

Recibe un mensaje en el móvil. Érica. ¿Te has pensado volver? No sabe muy bien si se refiere a ella, a la música o a ambas, pero apaga el móvil y lo lanza hacia el sofá. Se queda mirando al techo mientras acaricia el arco. Comienza a imitar los movimientos de la sinfonía que compuso el día que perdió el dedo corazón de la mano izquierda. No recuerda con nitidez el motivo de la pelea. Quizás los celos hacia los hombres con los que en ocasiones tenía que desayunar en su estudio. O el desprecio continuo de Érica. O todo. Pero sí recuerda golpear el cristal de la puerta de la cocina y la sangre cayendo por su mano. Y el camino al hospital. Y como al despertar le vino una sucesión de notas, como en un sueño. Una melodía rota. Mágica. Nunca había compuesto nada semejante. Arco o hamburguesas.

Sin pretenderlo se había quedado dormido. Mira el despertador. Faltan 30 minutos para que suene. Tiene algo de frío. Se levanta, se dirige a la cocina y coge unos calzoncillos del suelo. Veinte minutos después sale de casa montado en su bici. A medio camino ve un contenedor verde. Se para. Nunca se ha planteado a qué contenedor va un arco de violonchelo, pero lo saca de la mochila y lo tira. Antes de reanudar su camino se mira el muñón sabiendo que en un rato empezará a dolerle, como cada día.

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1 Comentario

  1. Como siempre original , se que no soy imparcial, pero me gustan tus relatos y los espero impaciente, no lo dejes

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