Mes: febrero 2020

Mesilla de día

Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Se tensó. Llevaba más de una hora repasando el impoluto suelo del salón solo por no oír el silencio. Apagó el aparato con el pie derecho y se agachó para dejar el brazo en el suelo. Sus movimientos eran muy cuidadosos. Desenchufó la aspiradora y se quedó mirando cómo engullía el cable, imaginando un águila que devora una serpiente. El teléfono había dejado de sonar hacía un rato, pero no necesitaba cogerlo, él sabía quién había llamado y por qué.

Subió las escaleras que emergían del fondo del salón. Cruzó el pasillo y entró en la habitación de la pequeña. Se quedó mirando la cuna y las sábanas que la cubrían. Estaba todo tal cual lo había dejado Sofía. Incluida la foto de la mesilla. Echó una mirada de soslayo al póster de Nosferatu solo para asegurarse de que seguía allí. Miró el reloj de su mano izquierda y se dirigió al cuarto de las escobas que estaba al otro lado del pasillo. Abrió la puerta y tiró del cordel que encendía una bombilla que emitió una tímida luz amarillenta. Apartó de una leve patada la cabeza que le molestaba para coger la escalera. La llevó al fondo y la abrió. La fijó bien al suelo y le dio un par de golpes para probarla. Se subió hasta el último escalón. Se puso de puntillas y alcanzó a abrir una trampilla. Metió la mano y notó un pequeño charco que le manchó. Se maldijo por no haberse acordado. Se limpió la mano en el pantalón y pensó que ya se preocuparía de esa mancha una vez pasase todo. Volvió a meter la mano y empezó a palpar hasta que encontró aquello que buscaba. Lo sacó con cuidado y se bajó de la escalera. Salió del cuarto y con la luz del día se cercioró de que estaba en perfecto estado.

Volvió a la planta inferior y pensó que era mejor no sentarse en el sofá. Prefirió esperar de pie. Se entretuvo mirando a través de la ventana los pequeños montículos que le habían quedado en el jardín. Es imposible volver a dejarlo liso del todo, pensó. Al momento oyó su coche entrar al garaje. Era el momento. Suspiró y se acercó a la puerta de la casa poniéndose a un lado. Calculó. Una vez oyó la puerta del garaje cerrarse, empezó a contar los pasos y segundos después la foto de la mesilla de la pequeña dejó de tener sentido.

Please follow and like us:
error

Arco

Nicolás suele llorar con los primeros acordes de Fly me to the moon. Vive sólo en un sótano alejado del centro, de dos habitaciones. En una de ellas duerme él, en la otra descansa su violonchello, que lleva años desafinado. Al lado del chelo hay una caja llena de vinilos con su foto y un Grammy cubierto de polvo. Tiene colgado un póster de The Police que le lleva a su adolescencia y otro del centenario de Pau Casals hecho un tubo en una esquina. Nicolás no entra nunca en la habitación del chelo, salvo si antes de salir de casa se da cuenta de que no le quedan calzoncillos limpios y entra a ver si hay alguno viejo por ahí tirado. O por la cocina.

Nicolás recorre con su bicicleta los poco más de 7 kilómetros que separan su sótano de la hamburguesería Tony’s en la que pasa alrededor de 9 horas diarias desde hace algo más de 3 años. No le disgusta su trabajo. Con un poco de suerte no se cruza con nadie de camino al habitáculo donde aplasta hamburguesas y no tiene que abrir la boca en todo el día. Si se ve obligado a hacerlo, escupe algún sonido sin apenas levantar la mirada. Las últimas horas de la jornada la cansina repetición del mismo movimiento robótico le termina recordando el muñón del dedo corazón de la mano izquierda. Por si en algún momento se le ocurre olvidarlo. Y al salir de su habitáculo ni tan siquiera escupe.

Nicolás no sabe cómo reaccionar cuando un día le gritan desde la barra del Tony’s que una tal Érica está fuera preguntando por él. Golpea un bote de kétchup y se queda varios segundos con las manos apoyadas en la mesa mirando la hamburguesa que tiene a medio hacer. Recuerda la última vez que había visto a Érica y cómo pudo llegar a odiarla tanto después de haber estado tan enganchado su sexo. Ve como si estuviese ahí mismo y en ese momento su figura tirada en su cama, en el estudio que compartían en la Gran Vía, medio desnuda, obligándole a pedir perdón de rodillas sin saber por qué. Suspira fuerte y habla por primera vez en tres días: dile que ya salgo.

Cuando sale, ella ya no está, pero sobre la barra ha dejado un arco de chelo. Su arco. El arco que dejó intencionadamente en casa de Érica la última vez que la había visto algo más de 3 años atrás. No os quiero volver a ver ni al arco ni a ti nunca más, había escrito en una nota justo antes de salir por la puerta. Lo coge con cuidado y lo mira por un lado y por el otro. Como si no lo conociese al milímetro. Como si no hubiesen sido uno algún día. Quizás lo observa para ver si ha cambiado algo en él. Aunque en realidad está pensando en cómo ese arco le une sin remedio a su historia con Érica. Su histérica historia.

Aunque aún le quedan 4 horas para terminar su turno, mete el arco en su mochila y sale por la puerta del Tony’s. Arco o hamburguesas. Recorre de vuelta al sótano más de 18 kilómetros. Pedalea y se recrea en el éxito que una vez disfrutó gracias a la música. Aquel discurso delante de mil trajes y un amargo agradecimiento. Una vez llega a su sótano, saca el arco y deja la mochila en la entrada. Se tira en la cama que está unos pasos más allá.

Recibe un mensaje en el móvil. Érica. ¿Te has pensado volver? No sabe muy bien si se refiere a ella, a la música o a ambas, pero apaga el móvil y lo lanza hacia el sofá. Se queda mirando al techo mientras acaricia el arco. Comienza a imitar los movimientos de la sinfonía que compuso el día que perdió el dedo corazón de la mano izquierda. No recuerda con nitidez el motivo de la pelea. Quizás los celos hacia los hombres con los que en ocasiones tenía que desayunar en su estudio. O el desprecio continuo de Érica. O todo. Pero sí recuerda golpear el cristal de la puerta de la cocina y la sangre cayendo por su mano. Y el camino al hospital. Y como al despertar le vino una sucesión de notas, como en un sueño. Una melodía rota. Mágica. Nunca había compuesto nada semejante. Arco o hamburguesas.

Sin pretenderlo se había quedado dormido. Mira el despertador. Faltan 30 minutos para que suene. Tiene algo de frío. Se levanta, se dirige a la cocina y coge unos calzoncillos del suelo. Veinte minutos después sale de casa montado en su bici. A medio camino ve un contenedor verde. Se para. Nunca se ha planteado a qué contenedor va un arco de violonchelo, pero lo saca de la mochila y lo tira. Antes de reanudar su camino se mira el muñón sabiendo que en un rato empezará a dolerle, como cada día.

Please follow and like us:
error

Par

Suena el despertador, abro los ojos despistado y al instante mi pensamiento traspasa la pared y se cuela en la pequeña habitación contigua. De la misma manera que todas las mañanas de los últimos 16 meses y 21 días. Entonces suspiro aliviado al recordar que la noche anterior la dejé llena de vida. Estamos en semana par.

Un rato después salgo de casa asiendo dos pequeñas manos, una a cada lado. Una un poquito más pequeña que la otra. En apenas unos metros pasamos delante de un colegio que no es el nuestro, pero que tiene la misma energía. Ójala mantuviésemos ese entusiasmo con el paso de los años, pienso.

Ha llovido, y la calle peatonal que nos guía hacia la parada de autobús parece un espejo. Veo el autobús 94 a lo lejos cruzando el Pont de Fusta, así que tiro de las dos manitas y las llevo casi al vuelo para no perderlo. Las niñas no entienden de prisas. Ójala no tuviésemos que entenderlas nunca, pienso.

Hoy no nos toca sonrisa del conductor al subir al 94. Mala suerte. Pero nos centramos en el siguiente hito, que es conseguir una silla verde. De las que tienen dibujitos en el respaldo. Y luego en ver la mano rosa de la tienda de dormitorios para niños unas paradas más allá. Y luego en no perdernos el parque de la Glorieta. Los conseguimos todos. Somos así. Ójala no perdiésemos nunca la ilusión por ese tipo de cosas, pienso.

Al bajar del autobús, como vamos bien de tiempo, podemos elegir si cruzamos por el Pont de les Flors o por abajo. Hoy toca puente. La pequeña va recogiendo las flores que han caído al suelo. Y me las regala junto a su dulce sonrisa. Algunas están pisadas, sucias, maltratadas por la intemperie, pero para nosotros son las más hermosas que han existido jamás. Me las guardo en el mismo bolsillo donde ayer guardé otras.

Y al fin llegamos al cole. Y ya quieren soltar mi mano para salir corriendo a reunirse con sus pequeños amigos. Las dejo ir y las observo durante un rato. Lanzo las flores al aire y las veo seguir el flujo del viento. Y me voy caminando pesadamente con las manos en los bolsillos, pensando que ójala no existiesen las semanas impares.

Please follow and like us:
error
RSS
Follow by Email
Facebook
Twitter