Whisky escocés

El barco se zarandeó con fuerza e hizo caer el vaso con whisky, que se desintegró al golpear el suelo de madera de la bodega. John McCollum ni se inmutó. Se preocupó únicamente de las cartas que sostenía junto a un cigarrillo casi consumido. Sabía que era una mano ganadora. Y este año no podía perder. No una vez más.

–Ponme otro –dijo sin mirar al polizón que se apresuraba mocho en mano a recoger los restos de cristal esparcidos—, y esta vez que sea de mi país.

A John le centraba el whisky escocés, le afilaba los reflejos y calmaba su ansiedad, enemiga número uno del póker. En cambio Marcelo da Souza, su contrincante,  prefería no consumir alcohol durante el juego, el exceso de caipiriñas es el que le había animado años atrás a golpear a su padre, y a dejarlo morir desangrado. Ahora, navegaba hasta la muerte por mares de todo el planeta, en la prisión más inexpugnable. Exactamente igual que el resto del pasaje.

De John no sabemos por qué acabó en este mismo lugar. Nunca se lo había revelado a nadie.  En aquel barco solo se había oído su voz para apostar, pasar, igualar, no ir y subir. Pero todo el mundo estaba convencido de que su fechoría no sería menos terrible que la de Souza. 

Las miradas de ambos se encontraron como previo a la jugada final. El resto del pasaje que rodeaba la mesa de juego mantuvo silencio por un momento. Se podía oír el crujido de las débiles sillas quejándose del enorme peso que soportaban. Marcelo ese año también había conseguido llegar a los 120 kilos que daban acceso a jugar la timba. 121’7 para ser exactos. Y había aprovechado su primera oportunidad para llegar a la final. 

–Señores, ya es día 24. ¡Hay que espabilar! –se oyó gritar desde el otro lado de la puerta de la bodega.

El barco estaba a punto de arribar al puerto de Sídney. John puso sus cartas sobre la mesa. Escalera de color. Inspiró. Marcelo golpeó la mesa con rabia haciendo caer al suelo el whisky escocés de John. Pero ahora no le importó. Al fin iba a salir de aquel barco 37 años después de entrar. Aunque solo fuese por unas horas.

Esperó su momento acostado en su catre mohoso. Pasado un rato notó como le arrojaban a la cara la ropa que debía ponerse. Se vistió, y antes de salir pasó por el baño. Se miró al espejo durante unos segundos. Los años no habían pasado en balde. Se apretó bien el cinturón negro con la hebilla dorada y se mesó la barba larga y canosa. 

–Jo, jo, jo. —Carraspeó y negó con la cabeza. Volvió a mirarse en el espejo. Abrió y cerró la boca haciendo una mueca exagerada–. Jouu, jouuu, jouuu —gritó.

Quizás la j un poco más suave, pensó mientras salía del baño.

Se cuadró en la puerta del barco con un gesto entre solemne y burlón. Allí, el oficial le tiró a la altura del pecho un gorro rojo con una bola blanca en la punta.

–Sin tonterías, ya sabes –le dijo amenazante–. No pares de sonreír. Y cuidado con quedarte atascado en alguna chimenea africana, que las hacen muy estrechas, puto gordo –se carcajeó de su propia broma—. Nos vemos mañana en el puerto de Los Ángeles –le advirtió mientras le empujaba a la pasarela que llegaba hasta el muelle. 

John necesitó cerrar los ojos al salir, a pesar de que la luz solar de Sídney era escasa a esas horas del atardecer. Cuando pudo abrirlos un poco vio el trineo mágico con los renos y sacos enormes llenos de regalos. No iba a ser una vuelta al mundo nada sencilla. Quizá por eso nadie más quería hacerlo. A mucha gente le gusta ponerse ese disfraz, pero nadie está dispuesto a afrontar el trabajo real que implica.

Miró a la multitud de niños que le esperaba en la explanada del puerto, generaban un molesto griterío. Si supiesen el monstruo que se esconde debajo de este disfraz, huirían, pensó.  

Sonrió y empezó a saludar con la mano ganadora mientras se acercaba a su trineo, pensando en lo que llevaba 37 años planeando hacer cuando se colase por la chimenea de su hija Diana en Glasgow.

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1 Comentario

  1. Un cuento de Navidad muy de niños, te estás especializando en literatura infantil, keep going

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