Si cuando se acerca la Nochevieja tendemos a hacer revisión del año que acaba, imaginad qué sentirá el señor Civera que está a punto de cerrar el negocio familiar después de 69 años. Así es, la droguería Civera de la calle Burriana echa el cierre. Qué vértigo, Dios mío. Toda la vida ahí metido. Primero aprendiendo absolutamente todo de su abuelo y su padre. Y los últimos años él sólo. Lástima que su único hijo no vaya a poder seguir sus pasos.

Ricardo Civera, como así se llama, sale a colgar el cartel de cierre por jubilación y no puede evitar recordar algunas de las historias entrelazadas que se han vivido allí. Él sabe que al final todas las historias le llevan a la misma. Como cuando Esteban Mora entró corriendo en la droguería después de haber atizado con todas sus fuerzas a un tipo, odioso según él, que había empezado a abroncar sin razón aparente a su hijo, mientras el pequeño se balanceaba inocente en el columpio verde del Parque Central. “Creo que lo he matado”, le dijo a Ricardo después de cerrar la puerta con fuerza y echar el cierre. El otro tipo era extremadamente odioso, sí, pero quizás no tanto como para romperle la nariz. O quizás sí. De todos modos, aquella nariz parecía ya acostumbrada.

El caso es que le había mandado directo al hospital. Allí coincidió en la misma habitación con otro cliente del señor Civera, Tony Rebollo, un joven con aspecto de cantante de Iron Maiden. Aquel día Tony era la comidilla entre el personal del hospital. Al parecer estaba allí tras haber salido disparado atravesando la luna delantera de su coche en un accidente. Había quedado tirado a unos metros del vehículo con las piernas inmóviles. Cuando llegaron los bomberos él se arrastraba muy lentamente hacia el coche ayudándose de sus antebrazos, a punto de entrar en coma. Lo único que dijo al bombero que le atendió justo antes de dormirse fue: “Te lo suplico, apaga la radio y no digas nada”. El bombero lo miró de una forma rara, pero le hizo caso y se acercó al vehículo. Justo antes de apagar la radio pudo escuchar a Enrique Iglesias cantando una Experiencia religiosa. Tony sabía que su gente no entendería tal infidelidad musical.

Cuando Tony despertó del coma y supo que el secreto había sido revelado al mundo, maldijo la fobia de su abuela Antonia Méndez, que todavía vivía en el pueblo. Fue ella la que le había pedido que fuese a la droguería Civera a comprar insecticida para cucarachas. Tal era su repulsión por aquellos bichos, que era incapaz de soportar siquiera la visión de los dibujos que ponían en los botes.

Antonia no sabía de dónde le venía tal animadversión. Si alguna vez se la hubiese confiado a un psicólogo, él habría descubierto que la semilla se había plantado en la época de la Guerra Civil, cuando no tenía otra opción que dormir en el suelo del salón de la casa familiar y sentía por su cuerpo los paseos nerviosos de aquellas desagradables compañeras de vigilia. De paso el especialista, llamémosle Gustavo Quilmes, en su afán de perseguir traumas, le habría añadido a modo de propina una posible explicación al desprecio que Antonia había sentido toda su vida por su marido. Años antes de conocerle a él, había sufrido la muerte del que ella entendió como su único y verdadero amor. En la batalla del Ebro. Justo cuando empezaban a intimar. Eso hizo imposible a cualquier otro hombre superar la idealización de aquella mujer por su desaparecido amor de juventud.

El marido de Antonia, López Moltó, supongamos esos sus apellidos, nunca pudo superar el eterno desprecio de su mujer. Tanto le marcó, que se pasó el resto de su vida fingiendo ser un tullido en silla de ruedas, buscando constantemente la compasión de los demás. Buscaba accesos incómodos para un vehículo rodado, bordillos altos, escaleras, de manera que solía aparecer alguien para ayudarle, calmando su adicción. 

Ricardo Civera sentía tanta pena por él que prefirió dejar el escalón de la entrada de la droguería sin adaptar, para evitar que entrase. Le deprimía verlo. Pero López Moltó necesitaba llevar el insecticida para su mujer, a la que él sí amaba. Podía esperar durante horas cerca de la droguería a que apareciese alguien. Un día apareció Alberto Estévez para ayudarle. “Joder, el tonto”, masculló el señor Civera cuando le vio coger los mandos de la silla de ruedas. Alberto era un joven que se pasaba el día dando vueltas por el barrio, sin salir jamás de él. Creía, no se sabe muy bien por qué, que su desdicha le impediría cruzar los límites físicos de su barrio y que quedaría atrapado por siempre entre aquellas calles. Por ello, y a modo de, quizás rebeldía, quizás sueño imposible, compraba por Internet camisetas de los lugares que nunca podría visitar.

Alberto era tonto, sí, y muy raro, pero buen tipo. Lucía una camiseta de Praga el único día en su vida que había conseguido tener una cita con una mujer. Con Isa, obviamente también del barrio. A él no le importaba que ella no se pudiese despegar jamás los auriculares de los oídos. Sabía, por las habladurías de la gente del barrio que la melodía que escuchaba en bucle era lo único que la mantendría sin perder los papeles.

Papeles que Isa había perdido por última vez el día que golpeó mortalmente al hijo que había tenido con Jonathan Civera. Ocurrió en el Parque Central, el niño no paraba de quejarse y llorar, y Jonathan había puesto en su móvil Paranoid de Black Sabbath a todo volumen para intentar no escuchar nada. Solía hacerlo. Y ella no lo pretendía, pero mató a su hijo y quedó eternamente atrapada en ese riff. Y ver aquella escena dejó a Jonathan condenado a abroncar niños en columpios verdes sin razón aparente. Y a exponer su nariz a ser quebrada constantemente.

Y a no poder hacerse cargo del negocio familiar.

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