Kosmos

La chica de la entrada ni me miró, únicamente me indicó con un golpe de mano al aire que fuese tras los pasos de un tipo, uniformado de arriba a abajo, que se encontraba dentro del recinto, allá donde la oscuridad difuminaba las sombras. Cogí el trozo de papel que me dio la chica y al mirar al frente vi al enorme tipo uniformado dando un par de golpes a su vieja linterna contra la otra mano. Portaba un cigarrillo Juwel a medio fumar entre los dedos de la mano izquierda que descargaba ceniza a cada golpe de linterna. En un primer vistazo me pareció que el tipo tenía toda la pinta de los berlineses del Este, de los que nunca me habían gustado, ni yo a ellos, rudo y poco amigable. «Cómo narices habré acabado yo aquí, en este lado del muro», pensé. El tipo me miró directo a los ojos y alargó el momento hasta  irritar mis ya desgastados nervios. Cuando consideró que era suficiente, tiró la colilla al suelo y la aplastó con su bota de una forma un tanto exagerada. 

Por un momento me sentí colilla, pero no tenía otra elección que ir tras él. Me limpié un poco las gafas con la camisa. El tipo empezó a marcar con su linterna el camino hacia mi destino más inmediato. Nos adentramos en un frío pasillo. Mis pasos buscaban con ansia que aquel estúpido protocolo terminase cuanto antes, necesitaba descifrar al fin a qué estaba a punto de enfrentarme. Llevaba casi tres años imaginando ese momento y lo había proyectado en múltiples ocasiones en mi mente, unas veces con tintes más esperanzadores y otras con matices realmente frustrantes. En ese momento era incapaz de detener el torrente de pensamientos que cruzaban mi mente. Tampoco importaba nada a esas alturas. Todo estaba ya decidido.

Seguí el camino que la luz nerviosa de la linterna me dibujaba. Era tal la oscuridad que nos rodeaba que el círculo luminoso  apenas dejaba entrever lo que quedaba más allá de sus bordes. Eso no evitó que por un momento pudiese ver la gran K en un lateral del pasillo. Sí, esa K, la misma K que había visto por última vez casi tres años atrás. Me costaba creerlo, pero allí estaba de nuevo. Inspiré hondo.

«Joder con el uniforme, me aprieta bien el gaznate», pienso mientras enfoco mi linterna hacia atrás para comprobar que aquel paleto de gafas me sigue. El tío va sudando, nervioso perdido, no entiendo a estos cinéfilos. Son muy extraños. Yo me dormí en la primera parte del Padrino, no creo que esta segunda sea muy diferente. En fin. A ver qué pone aquí, fila 8, butaca 6. Pues nada.

—Oye, aquí está tu sitio— me giro y le digo al tipo mientras enfoco su asiento con la linterna. 

Justo después me vuelvo a la entrada de la sala a por los siguientes tipos extraños que ya están esperando ansiosos. Suspiro. Saco brillo al logotipo de la pechera. Cine Kosmos. Avenida Karl-Marx. Berlín Este.

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1 Comentario

  1. Rafael Barroso

    4 diciembre 2019 at 07:20

    Me encanta, sorprendente como siempre. Continua …

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