Mes: diciembre 2019

Whisky escocés

El barco se zarandeó con fuerza e hizo caer el vaso con whisky, que se desintegró al golpear el suelo de madera de la bodega. John McCollum ni se inmutó. Se preocupó únicamente de las cartas que sostenía junto a un cigarrillo casi consumido. Sabía que era una mano ganadora. Y este año no podía perder. No una vez más.

–Ponme otro –dijo sin mirar al polizón que se apresuraba mocho en mano a recoger los restos de cristal esparcidos—, y esta vez que sea de mi país.

A John le centraba el whisky escocés, le afilaba los reflejos y calmaba su ansiedad, enemiga número uno del póker. En cambio Marcelo da Souza, su contrincante,  prefería no consumir alcohol durante el juego, el exceso de caipiriñas es el que le había animado años atrás a golpear a su padre, y a dejarlo morir desangrado. Ahora, navegaba hasta la muerte por mares de todo el planeta, en la prisión más inexpugnable. Exactamente igual que el resto del pasaje.

De John no sabemos por qué acabó en este mismo lugar. Nunca se lo había revelado a nadie.  En aquel barco solo se había oído su voz para apostar, pasar, igualar, no ir y subir. Pero todo el mundo estaba convencido de que su fechoría no sería menos terrible que la de Souza. 

Las miradas de ambos se encontraron como previo a la jugada final. El resto del pasaje que rodeaba la mesa de juego mantuvo silencio por un momento. Se podía oír el crujido de las débiles sillas quejándose del enorme peso que soportaban. Marcelo ese año también había conseguido llegar a los 120 kilos que daban acceso a jugar la timba. 121’7 para ser exactos. Y había aprovechado su primera oportunidad para llegar a la final. 

–Señores, ya es día 24. ¡Hay que espabilar! –se oyó gritar desde el otro lado de la puerta de la bodega.

El barco estaba a punto de arribar al puerto de Sídney. John puso sus cartas sobre la mesa. Escalera de color. Inspiró. Marcelo golpeó la mesa con rabia haciendo caer al suelo el whisky escocés de John. Pero ahora no le importó. Al fin iba a salir de aquel barco 37 años después de entrar. Aunque solo fuese por unas horas.

Esperó su momento acostado en su catre mohoso. Pasado un rato notó como le arrojaban a la cara la ropa que debía ponerse. Se vistió, y antes de salir pasó por el baño. Se miró al espejo durante unos segundos. Los años no habían pasado en balde. Se apretó bien el cinturón negro con la hebilla dorada y se mesó la barba larga y canosa. 

–Jo, jo, jo. —Carraspeó y negó con la cabeza. Volvió a mirarse en el espejo. Abrió y cerró la boca haciendo una mueca exagerada–. Jouu, jouuu, jouuu —gritó.

Quizás la j un poco más suave, pensó mientras salía del baño.

Se cuadró en la puerta del barco con un gesto entre solemne y burlón. Allí, el oficial le tiró a la altura del pecho un gorro rojo con una bola blanca en la punta.

–Sin tonterías, ya sabes –le dijo amenazante–. No pares de sonreír. Y cuidado con quedarte atascado en alguna chimenea africana, que las hacen muy estrechas, puto gordo –se carcajeó de su propia broma—. Nos vemos mañana en el puerto de Los Ángeles –le advirtió mientras le empujaba a la pasarela que llegaba hasta el muelle. 

John necesitó cerrar los ojos al salir, a pesar de que la luz solar de Sídney era escasa a esas horas del atardecer. Cuando pudo abrirlos un poco vio el trineo mágico con los renos y sacos enormes llenos de regalos. No iba a ser una vuelta al mundo nada sencilla. Quizá por eso nadie más quería hacerlo. A mucha gente le gusta ponerse ese disfraz, pero nadie está dispuesto a afrontar el trabajo real que implica.

Miró a la multitud de niños que le esperaba en la explanada del puerto, generaban un molesto griterío. Si supiesen el monstruo que se esconde debajo de este disfraz, huirían, pensó.  

Sonrió y empezó a saludar con la mano ganadora mientras se acercaba a su trineo, pensando en lo que llevaba 37 años planeando hacer cuando se colase por la chimenea de su hija Diana en Glasgow.

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Pescando en la memoria

Le confesé a mi padre lo que había hecho, justo después de apagar el motor del coche. Confundido, se miró la muñeca derecha y encontró su nombre y apellidos impresos en una pulsera blanca.
—Pero hijo, ¿dónde estamos ahora? —me preguntó inquieto.
—Papá, justo ahí me traías a pescar hace ya muchos años. —señalé al frente.
Algo cosquilleó su memoria. Sonrió y sin apartar la mirada del muelle me apretó la mano como nunca antes había hecho. Haberlo sacado a hurtadillas del hospital le pareció la mejor de mis travesuras.

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Paranoide

Si cuando se acerca la Nochevieja tendemos a hacer revisión del año que acaba, imaginad qué sentirá el señor Civera que está a punto de cerrar el negocio familiar después de 69 años. Así es, la droguería Civera de la calle Burriana echa el cierre. Qué vértigo, Dios mío. Toda la vida ahí metido. Primero aprendiendo absolutamente todo de su abuelo y su padre. Y los últimos años él sólo. Lástima que su único hijo no vaya a poder seguir sus pasos.

Ricardo Civera, como así se llama, sale a colgar el cartel de cierre por jubilación y no puede evitar recordar algunas de las historias entrelazadas que se han vivido allí. Él sabe que al final todas las historias le llevan a la misma. Como cuando Esteban Mora entró corriendo en la droguería después de haber atizado con todas sus fuerzas a un tipo, odioso según él, que había empezado a abroncar sin razón aparente a su hijo, mientras el pequeño se balanceaba inocente en el columpio verde del Parque Central. “Creo que lo he matado”, le dijo a Ricardo después de cerrar la puerta con fuerza y echar el cierre. El otro tipo era extremadamente odioso, sí, pero quizás no tanto como para romperle la nariz. O quizás sí. De todos modos, aquella nariz parecía ya acostumbrada.

El caso es que le había mandado directo al hospital. Allí coincidió en la misma habitación con otro cliente del señor Civera, Tony Rebollo, un joven con aspecto de cantante de Iron Maiden. Aquel día Tony era la comidilla entre el personal del hospital. Al parecer estaba allí tras haber salido disparado atravesando la luna delantera de su coche en un accidente. Había quedado tirado a unos metros del vehículo con las piernas inmóviles. Cuando llegaron los bomberos él se arrastraba muy lentamente hacia el coche ayudándose de sus antebrazos, a punto de entrar en coma. Lo único que dijo al bombero que le atendió justo antes de dormirse fue: “Te lo suplico, apaga la radio y no digas nada”. El bombero lo miró de una forma rara, pero le hizo caso y se acercó al vehículo. Justo antes de apagar la radio pudo escuchar a Enrique Iglesias cantando una Experiencia religiosa. Tony sabía que su gente no entendería tal infidelidad musical.

Cuando Tony despertó del coma y supo que el secreto había sido revelado al mundo, maldijo la fobia de su abuela Antonia Méndez, que todavía vivía en el pueblo. Fue ella la que le había pedido que fuese a la droguería Civera a comprar insecticida para cucarachas. Tal era su repulsión por aquellos bichos, que era incapaz de soportar siquiera la visión de los dibujos que ponían en los botes.

Antonia no sabía de dónde le venía tal animadversión. Si alguna vez se la hubiese confiado a un psicólogo, él habría descubierto que la semilla se había plantado en la época de la Guerra Civil, cuando no tenía otra opción que dormir en el suelo del salón de la casa familiar y sentía por su cuerpo los paseos nerviosos de aquellas desagradables compañeras de vigilia. De paso el especialista, llamémosle Gustavo Quilmes, en su afán de perseguir traumas, le habría añadido a modo de propina una posible explicación al desprecio que Antonia había sentido toda su vida por su marido. Años antes de conocerle a él, había sufrido la muerte del que ella entendió como su único y verdadero amor. En la batalla del Ebro. Justo cuando empezaban a intimar. Eso hizo imposible a cualquier otro hombre superar la idealización de aquella mujer por su desaparecido amor de juventud.

El marido de Antonia, López Moltó, supongamos esos sus apellidos, nunca pudo superar el eterno desprecio de su mujer. Tanto le marcó, que se pasó el resto de su vida fingiendo ser un tullido en silla de ruedas, buscando constantemente la compasión de los demás. Buscaba accesos incómodos para un vehículo rodado, bordillos altos, escaleras, de manera que solía aparecer alguien para ayudarle, calmando su adicción. 

Ricardo Civera sentía tanta pena por él que prefirió dejar el escalón de la entrada de la droguería sin adaptar, para evitar que entrase. Le deprimía verlo. Pero López Moltó necesitaba llevar el insecticida para su mujer, a la que él sí amaba. Podía esperar durante horas cerca de la droguería a que apareciese alguien. Un día apareció Alberto Estévez para ayudarle. “Joder, el tonto”, masculló el señor Civera cuando le vio coger los mandos de la silla de ruedas. Alberto era un joven que se pasaba el día dando vueltas por el barrio, sin salir jamás de él. Creía, no se sabe muy bien por qué, que su desdicha le impediría cruzar los límites físicos de su barrio y que quedaría atrapado por siempre entre aquellas calles. Por ello, y a modo de, quizás rebeldía, quizás sueño imposible, compraba por Internet camisetas de los lugares que nunca podría visitar.

Alberto era tonto, sí, y muy raro, pero buen tipo. Lucía una camiseta de Praga el único día en su vida que había conseguido tener una cita con una mujer. Con Isa, obviamente también del barrio. A él no le importaba que ella no se pudiese despegar jamás los auriculares de los oídos. Sabía, por las habladurías de la gente del barrio que la melodía que escuchaba en bucle era lo único que la mantendría sin perder los papeles.

Papeles que Isa había perdido por última vez el día que golpeó mortalmente al hijo que había tenido con Jonathan Civera. Ocurrió en el Parque Central, el niño no paraba de quejarse y llorar, y Jonathan había puesto en su móvil Paranoid de Black Sabbath a todo volumen para intentar no escuchar nada. Solía hacerlo. Y ella no lo pretendía, pero mató a su hijo y quedó eternamente atrapada en ese riff. Y ver aquella escena dejó a Jonathan condenado a abroncar niños en columpios verdes sin razón aparente. Y a exponer su nariz a ser quebrada constantemente.

Y a no poder hacerse cargo del negocio familiar.

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Kosmos

La chica de la entrada ni me miró, únicamente me indicó con un golpe de mano al aire que fuese tras los pasos de un tipo, uniformado de arriba a abajo, que se encontraba dentro del recinto, allá donde la oscuridad difuminaba las sombras. Cogí el trozo de papel que me dio la chica y al mirar al frente vi al enorme tipo uniformado dando un par de golpes a su vieja linterna contra la otra mano. Portaba un cigarrillo Juwel a medio fumar entre los dedos de la mano izquierda que descargaba ceniza a cada golpe de linterna. En un primer vistazo me pareció que el tipo tenía toda la pinta de los berlineses del Este, de los que nunca me habían gustado, ni yo a ellos, rudo y poco amigable. «Cómo narices habré acabado yo aquí, en este lado del muro», pensé. El tipo me miró directo a los ojos y alargó el momento hasta  irritar mis ya desgastados nervios. Cuando consideró que era suficiente, tiró la colilla al suelo y la aplastó con su bota de una forma un tanto exagerada. 

Por un momento me sentí colilla, pero no tenía otra elección que ir tras él. Me limpié un poco las gafas con la camisa. El tipo empezó a marcar con su linterna el camino hacia mi destino más inmediato. Nos adentramos en un frío pasillo. Mis pasos buscaban con ansia que aquel estúpido protocolo terminase cuanto antes, necesitaba descifrar al fin a qué estaba a punto de enfrentarme. Llevaba casi tres años imaginando ese momento y lo había proyectado en múltiples ocasiones en mi mente, unas veces con tintes más esperanzadores y otras con matices realmente frustrantes. En ese momento era incapaz de detener el torrente de pensamientos que cruzaban mi mente. Tampoco importaba nada a esas alturas. Todo estaba ya decidido.

Seguí el camino que la luz nerviosa de la linterna me dibujaba. Era tal la oscuridad que nos rodeaba que el círculo luminoso  apenas dejaba entrever lo que quedaba más allá de sus bordes. Eso no evitó que por un momento pudiese ver la gran K en un lateral del pasillo. Sí, esa K, la misma K que había visto por última vez casi tres años atrás. Me costaba creerlo, pero allí estaba de nuevo. Inspiré hondo.

«Joder con el uniforme, me aprieta bien el gaznate», pienso mientras enfoco mi linterna hacia atrás para comprobar que aquel paleto de gafas me sigue. El tío va sudando, nervioso perdido, no entiendo a estos cinéfilos. Son muy extraños. Yo me dormí en la primera parte del Padrino, no creo que esta segunda sea muy diferente. En fin. A ver qué pone aquí, fila 8, butaca 6. Pues nada.

—Oye, aquí está tu sitio— me giro y le digo al tipo mientras enfoco su asiento con la linterna. 

Justo después me vuelvo a la entrada de la sala a por los siguientes tipos extraños que ya están esperando ansiosos. Suspiro. Saco brillo al logotipo de la pechera. Cine Kosmos. Avenida Karl-Marx. Berlín Este.

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