Mes: noviembre 2019

Colistas de la Vía Láctea

Sufriendo lo indecible por amor sobreviven –respondió Kodos a Bip cuando este le preguntó por el resultado de su investigación sobre la extraña especie, de cabeza pequeña, que poblaba la Tierra.

–Pobres –masculló el alienígena–, siguen en el nivel 3. No hay manera, están estancados. Volvamos dentro de unos milenios, quizá entonces hayan aprendido a amar –dijo mientras registraba en su cuaderno de auditor galáctico la peor nota de toda la Vía Láctea y mandaba reanudar la marcha de la nave rumbo a Venus.

–Si siguen aquí… –dudó Kodos.

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Seth

Tenía la gota fría justo encima de mí, persiguiendo a mi coche de vuelta de la oficina. Hoy había tenido que despedir a Nico, el becario, y en él y su recién nacido iba pensando cuando el semáforo del cruce de mi calle pasó a verde. Al girar la esquina ya vi la luz borrosa en la ventana de la habitación y supe que algo no iba bien. Metí el coche en el garaje, apagué el motor y me quedé unos segundos allí, mirando fijamente el volante. Suspiré, salí despacio del coche y entonces el reflejo de un fuerte relámpago sobre la motosierra que tengo colgada al lado del armario de las herramientas me cegó. Maldita sea. Me vino a la cabeza el único día que había usado aquella motosierra. Me apoyé con la mano derecha sobre la pared y esperé a recobrar la vista.

Abrí con cuidado la pequeña puerta que comunica el garaje con el recibidor de casa. Chirrió más de lo habitual. Me quité los zapatos y los dejé al lado del perchero. No estaba vacío. Miré con recelo la escalera que subía al piso donde estaba la habitación. Nuestra habitación. Me ayudé del pasamano mientras subía los escalones lentamente hasta que me clavé una astilla en el dorso de la mano. ¡Joder! No quería hacer el más mínimo ruido. La tormenta me ayudaba a disimularlo. Pero justo tropecé al intentar salvar el último escalón. Idiota. Tumbado boca abajo alcé la cabeza y justo delante de mí apareció Seth, mi amado gato negro. Levanté la mano para acariciarle el lomo cuando de repente emitió un enorme bufido y me acercó con fiereza una garra a la cara. ¡Pero qué coño!

–¿Qué haces, Seth, joder? –le susurré. Entonces se erizó como nunca antes lo había visto y salió corriendo escalera abajo.

Me levanté, me aflojé un poco la corbata y empecé a caminar por el pasillo fijando la mirada en la puerta de la habitación. Iba palpando la pared para no perder la referencia. Oí una sirena de policía que pasaba por nuestra calle. Se apagó. La madera del suelo crujía a cada paso que daba. Volví a escuchar un sonoro trueno, seguido de una ventolera que cruzó todo el pasillo, me atravesó, y segundos más tarde, cerró de un portazo la puerta del garaje que había olvidado cerrar. Me quedé paralizado, confiando que el ruido hubiese quedado enterrado por la lluvia, que golpeaba el techo con fuerza. Di un paso más, y acerqué mi mano al pomo de la puerta de la habitación. Empecé a sudar y me vino un escalofrío.

Entonces abrí la puerta con violencia, y confirmé que mi vida ya no sería igual.

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Knockin’ on heaven’s door

Sufriendo lo indecible por amor murió Dylan. Cuando llegó a las puertas del cielo, San Pedro se lo leyó en los ojos. Supo que en su vida había amado de verdad, y es por ello que lo envió al infierno.

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No lo vi

Hasta el verano de las Olimpiadas de Barcelona, en casa de mis padres se comía y se cenaba siempre en el salón. Al fondo del mismo se podía ver la enorme mesa de madera cubierta con el mantel de seda azul y los platos colocados con enfermiza equidistancia. Copas rellenas todas hasta el mismo punto, servilletas con formas complejas y unas cuantas velas que se encendían justo antes de sentarse a comer. Mi madre parecía estar en otro mundo cuando preparaba todo aquello y además no dejaba que nadie la ayudase. No quería delegar. Y no hacía mucho más durante todo el día que preparar y recoger mesas para comer. Era su meditación.

Mi padre es un melómano, siempre lo fue. Justo cuando mi madre encendía las velas, él tomaba el relevo y escogía uno de los vinilos de su colección, pasaba el cepillo por su superficie con mucho cuidado y lo introducía en el tocadiscos. Movía la aguja a la parte exterior del disco y se quedaba inmóvil hasta que empezaban a zumbar ligeramente los altavoces. Siempre el mismo ritual. Solía sonar Queen. El A Kind Of Magic.

Cuando Freddie y el resto empezaban a chasquear los dedos, todos cogíamos el cubierto y mi padre y yo nos mirábamos y nos sonreíamos. Mi hermana era todavía demasiado pequeña para entender la complicidad. Y mi madre normalmente andaba encendiendo alguna vela que se había apagado. Pero a mí me sobraba con mi padre. Él era todo. 

Desde mi posición en la mesa se veía el melocotonero del jardín a través del ventanal, justo detrás de la peluda cabeza de mi padre. Menudo pelazo tenía. Como mi madre no solía tener ganas de que se hablase en la mesa yo me entretenía seleccionando con la mirada la pieza del árbol que tomaría de postre. Y a veces jugaba con las perspectivas y colocaba ese melocotón a modo de pendiente en la oreja derecha de mi padre. Y me reía. Y mi padre se reía solo por el hecho de verme reír.

Mientras mi madre recogía, yo pasaba las sobremesas debatiendo con él sobre casi cualquier tema. Principalmente deporte. Podíamos pasar el resto del día así, con mi hermana pululando alrededor y mi madre centrada en su meditación. Me resultaba imposible discutir con él. A veces incluso lo intentaba con muchas ganas, para ver qué pasaba, pero al final él siempre terminaba cediendo cuando la cosa empezaba a ponerse tensa.

Una tarde recuerdo estar esperando la carrera de Fermín Cacho en busca del oro en Barcelona cuando vi a mi madre bajar cargada con maletas del piso de arriba. No dijo nada. Vino a darme un beso en la frente y yo la aparté. Mi padre estaba en el sofá de al lado, y ni la miró cuando ella se dirigía a la puerta. Pude ver a través de la ventana su cara enrojecida mientras se acercaba al coche. No volvió a mirar atrás. El otro salió del coche, cogió sus maletas, las metió en el maletero, y le dio un abrazo delante de nuestra casa familiar.

– ¿Qué vais a querer cenar? – me dijo mi padre sin apartar la vista de la carrera.

– No sé papá, lo que tú veas. Algo rápido. No te compliques

– Avisa a tu hermana y preparad la mesa de la cocina.

Aquella noche Freddie se quedó mudo. Y así siguió unos cuantos veranos más.

Un tiempo después volví a aquella casa. Yo ya estudiaba en la universidad y vivía lejos, y mis preocupaciones habían cambiado. Al entrar por el jardín de la casa, di una patada a uno de los melocotones podridos que había por el suelo. Se me manchó toda la zapatilla. Estuve a punto de darme la vuelta, pero en ese momento pude escuchar a través de la puerta de casa entreabierta la música que salía de dentro. La abrí del todo y entré.

– ¿Ese es B. B. King, papá?

– ¡Hola hijo! – me miró sorprendido. – Pasa, pasa,.. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no avisaste? Tu hermana está a punto de llegar, ¿te quedas a cenar con nosotros? – dijo mientras daba un último toque de calor a una tortilla deshecha.

– Sí, por qué no. 

Me senté en una de las sillas de plástico a esperar. Mientras miraba alrededor sin reconocer prácticamente nada de lo que veía pregunté a mi padre por el partido de la noche anterior.

– No lo vi. – me dijo.

Al poco llegó mi hermana y me abrazó con mucha fuerza un buen rato. Nos sentamos a cenar y ella no paró de contarme historias de adolescencia mientras yo intentaba arrancar un trozo del rollo de papel para limpiarme la boca. Era genial escucharla. Al menos infinitamente mejor que escuchar el silencio de mi padre.

– Perdona hijo, creo que en el último cajón hay algún vaso de plástico – me dijo cuando vio que iba a beber a morro de la botella de vino.

– Papá por favor, ¿puedes quitar esa música? Me deprime.

– Me da igual. Es mi casa, es mi música. – dijo sin levantar la vista del plato.

Vi un par de pelos en la tortilla y la di por terminada. Ayudé a mi hermana a recoger mientras me seguía contando. Me seguía por la cocina y no paraba de hablar. Al rato mi padre la mandó a su habitación a estudiar o lo que diablos hiciese allí, según él mismo dijo. Miré la hora y salí de la cocina en dirección al salón. La mesa de madera tenía numerosas cajas y libros apilados encima. Me acerqué al tocadiscos y empecé a ojear la colección de vinilos. Fui pasando uno tras otro con el dedo índice. No reconocía ninguno. Diría que habían cambiado. Solo quedaba blues. Muddy Waters, B. B. King, Robert Johnson. Algo de Clapton. Cada golpeo de un vinilo con el anterior provocaba un leve aire que movía mi flequillo. Cogí el último vinilo y lo aparté. Era el A Kind of Magic. Llevaba tiempo sin abrirse. No creí que mereciese estar ya ahí. Salí de la casa sin despedirme y entré en mi coche. Metí a Freddie y compañía en la guantera y arranqué el coche sin idea de volver por allí en mucho tiempo

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